Un español entre Brahmanes.

La presencia de Santayana en el Boston puritano de finales del XIX y principios del XX supuso un choque cultural importante, tanto para él como para los colegas de Harvard que le trataron, resultado del cual la parte más débil fue, aparentemente, la más perjudicada, pero solo aparentemente, porque la semilla que él sembró en los ambientes intelectuales tuvo un crecimiento que unos tacharon de “malas hierbas”, pero otros de “sana liberación de la dictadura moral calvinista”; porque, para decirlo en pocas palabras, Santayana era la antítesis del WASP —anglosajón blanco y protestante de buena posición social-, el tipo  humano que representaba el prototipo dominante en la cultura del país: para empezar, Jorge era español, es decir, pertenecía a la denostada raza latina, a la que se culpaba en esa época de responder a patrones espirituales poco recomendables; además era de origen católico-europeo, un “papista”, si bien nominal, el tipo de creyente  a quien los blancos protestantes tenían como  representante de “la religión del diablo”. Por si fuera poco, Santayana adoraba la cultura grecolatina que, aunque en algunos ambientes anglosajones como Inglaterra era muy apreciada, en Norteamérica se consideraba, por el contrario, como el reducto de una minoría cultural etiquetada de “decadente”. Y, para terminar, pasó de ser un seguidor tibio del catolicismo a ejercer el ateísmo y desarrollar su filosofía materialista en un ambiente de Brahmanes puritanos, como era el de la Nueva Inglaterra de la época.

El protagonista de nuestro trabajo perteneció, por origen y cultura, al estrato social medio-superior de EE. UU., pues no en balde llegó, como catedrático de Harvard, a la cumbre del sistema académico, lo cual no era poca cosa para un extranjero perteneciente a la despreciada etnia latina;  pero , para sorpresa de muchos, que lo consideraron siempre un esnob y un inadaptado  sin  conciencia social,  tuvo una influencia apreciable —sin que fuera muy consciente de ello—  en el nacimiento del multiculturalismo, en una época en que los grupos raciales minoritarios enfrentaban serios problemas de supervivencia ante el crisol americano, aparte de encontrar un cúmulo de dificultades para poder seguir emigrando al país de la prosperidad. A través de la filosofía que enseñaba en las aulas, en especial de su corpus materialista, creó -un tanto inadvertidamente, como decimos- un estado de opinión liberador entre estudiantes de Harvard que pertenecían a etnias marginadas (como latinos, judíos y negros), a los cuales les dio un nuevo orgullo de pertenencia a sus respectivas razas. Este pensador inquieto, contradictorio y genial, no solo fue un crítico de altura de esa pujante sociedad americana que tanto le disgustara, sino un defensor inconsciente de los derechos de las gentes que tenían la “desgracia” de no pertenecer a la etnia anglosajona dominante, como era su propio caso. Y es que, como el individualista irreductible que era, Santayana no pensaba en nadie cuando enarbolaba la bandera de la “respetabilidad de todas las razas” y la equiparable validez de “todos los valores”: en realidad pensaba en sí mismo, pues toda su lucha por el éxito profesional estuvo siempre dirigida a poner en evidencia a los que se creían superiores por el hecho de haber nacido en un país rico y poderoso, dentro de un ambiente calvinista, identificable con los padres fundadores.

Los personajes como Santayana se suelen autorretratar sucintamente como extranjeros perplejos, observadores críticos de una sociedad que no es la suya de nacimiento, en la que alcanzan cierta consideración social en base a su inteligencia, conocimientos y prestaciones, pero donde raramente obtienen la familiaridad de trato correlativa a un desempeño profesional destacado. Influye en este distanciamiento un establishment siempre receloso de lo extrañoafectado por un cierto complejo de superioridad racial; pero también influye la propia renuncia del individuo extraño a pagar peaje alguno para poder ser aceptado por los demás como uno de los nuestros. Normalmente, se trata de rebeldes con causa, es decir, personajes que cargan sus espaldas desde la infancia con “mochilas” llenas de rencor hacia la sociedad que les dio cobijo, debido a malas experiencias personales del pasado; porque, cuando no hay agravios de por medio —reales o inventados— las personas tienden a adaptarse a sus nuevas circunstancias, aprovechando las oportunidades de mejora social que un país más desarrollado normalmente les brinda. Y esto, al final, suele dejar una sensación personal de triunfo o alivio, pues significa a los ojos de todos —pero en especial de él y de su familia— que el personaje que viene de un mundo más pobre y/o atrasado y que ha tenido que superar con esfuerzo el cambio cultural y los problemas de un nuevo idioma, ha sabido finalmente sobreponerse a todo tipo de dificultades y escalar a lo más alto, demostrando una valía que, debido a prejuicios culturales o de raza, nadie esperaba en él. Si, obtenido el éxito, este sentimiento íntimo de felicidad no aparece, siendo sustituido por una sensación agridulce en la conciencia del personaje, el mensaje subyacente es que el esfuerzo se ha hecho no para demostrarse nada a sí mismo, sino para cerrarles la boca a los opositores, hecho lo cual, ya se puede reír en su propia cara de sus ínfulas de superioridad. Santayana hizo las cosas tal cual acabamos de explicar (no sin pagar un alto precio) y después dijo adiós a la sociedad americana, dando un portazo y no volviendo al país nunca más. La venganza se había consumado tras su conferencia en Berkeley sobre La Tradición gentil: fue su carta de despedidaun mensaje que pasaría a la historia de la intelectualidad del siglo XX en EE. UU. Un Yo acuso que se convertiría en la bandera de enganche para innumerables disidentes provenientes no solo de la filosofía, sino de la literatura norteamericana en un momento en que muchos empezaban a dudar de que el modelo político-social americano tuviera tantas bondades como se decía. Su alegato posibilitó la salida del laberinto en que se encontraban algunas de las mentes más inquietas del país, lo que le convertiría en un icono del pensamiento crítico de la época, con un cierto plus de leyenda viva, desde que abandonara Harvard en pleno éxito, para instalarse en Roma, donde fue objeto de peregrinación hasta su muerte, por buena parte de la intelligentzia del país norteamericano.

Un tema este del peregrinaje que no deja de sorprender, porque el ideario político de Santayana era esencialmente conservador, mientras que los miembros de la intelligentzia que le visitaban, se identificaban mayoritariamente con la izquierdaPara explicar esta aparente contradicción habrá, pues, que recurrir a la figura de otro filósofo, este de origen alemán: la intelligentzia mundial a partir del siglo XX —de fuerte orientación nihilista— ha idealizado, por ejemplo, al Nietzsche creador de «la muerte de Dios» y  del «relativismo moral», porque jugaba a favor de sus intereses ideológicos, al tiempo que silenciaba al Nietzsche protofascista, para no tener que asumir las implicaciones racistas, clasistas y misóginas de su teoría política. Con Santayana ocurrió algo parecido: se obviaron sus inclinaciones políticas, próximas al fascismo, para revalorizar los aspectos que unían a toda la intelligentzia norteamericana; a saber: su común animadversión al puritanismo y al sistema liberal-capitalista.

Santayana dejó caer su semilla contra el calvinismo dominante en las élites norteamericanas en un momento histórico en que los espíritus más inquietos se estaban preguntando si la nueva nación había elegido la senda correcta, pues la fractura que había ocasionado la Guerra Civil, unida al posterior avance capitalista en todos los campos y a la industrialización simultánea del país, habían creado una atmósfera rarificada, culpable —en opinión de muchos— del creciente número de comportamientos rebeldes en la sociedad. Por eso, el cuestionamiento crítico por parte de Santayana del establishment, y su propuesta añadida al pueblo norteamericano de un futuro estilo de vida más reposado y sensible a la naturaleza, no caería en saco roto: ya no sería visto como la boutade típica de un espíritu poético de inclinación bucólica, un nostálgico europeo de la Arcadia feliz. Por supuesto, tampoco sería considerado —por impracticable— una alternativa a los problemas de codicia y gigantismo del país, pero sirvió al menos como un aldabonazo en la conciencia de cierta clase intelectual: una llamada de atención hacía un sistema que sin duda creaba riqueza y poderío, pero que, en su vertiente negativa, agudizaba los conflictos por la vía de la deshumanización de la vida, produciendo agotamiento y desánimo en las personas no vinculadas directamente a la acumulación de capital; un sistema que  generaba también desazón entre aquellos individuos que no mostraban el temple necesario para resistir, sin hundirse, en el contexto de una sociedad inspirada en el darwinismo social spenceriano. De ahí, la repentina trascendencia de su discurso y la influencia posterior en la sociedad americana, que excedió al campo meramente académico.  

(*) Fragmento del capítulo introductorio del libro SANTAYANA: EL SABIO QUE ABANDONÓ HARVARD PARA SER FELIZ de José Aguilera.

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